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1. Cada año se nos concede la gracia de congregarnos para unir nuestras voces y los sentimientos de nuestro corazón en un ramillete de alabanzas y acción de gracias, por el maravilloso regalo de la presencia de la Madre de Dios en medio de nosotros en esta bella advocación de Nuestra Señora del Rosario de las Lajas. Hombres y mujeres, atraídos por la Reina de las bondades, la dulce y tierna Mestiza que quiso hacer de este paraje escondido entre las montañas su casa, venimos a este hogar maternal para depositar en el corazón de esta Madre nuestros gozos, esperanzas y penas. Nada del hombre es indiferente a la Virgen María, pues su maternidad también nos cobija y nos calienta en las noches oscuras de nuestra existencia, así lo quiso Jesús cuando nos confió a sus cuidados en aquella postrera hora del Calvario.

2. Al reunirnos en la misma fe y el mismo amor en torno a la Madre de Dios, Ella se encarga de recordarnos que todos los que aquí estamos y aquellos que ya han pasado, somos familia, la única familia de los hijos de Dios. Que estamos llamados a escuchar permanentemente su Palabra y sembrarla en nuestras vidas en acciones que puedan ser presentadas ante el Padre, como verdadero culto espiritual cotidiano.

3. Por primera vez, vengo con ustedes en este día de singular valor, para presidir la Eucaristía de esta Fiesta, a la que muchos cada año habitualmente participan. Me uno en el caminar a todos aquellos que corren hacia Las Lajas para encontrar paz y esperanza, pues todo Santuario debe ser un lugar en el que se reconstruyan siempre las fracturas de nuestra relación con Dios y con los hermanos. No haríamos un verdadero homenaje de amor a la Madre Santísima, si después de salir de su Santuario no llevamos fuego divino en el alma y anhelo de servicio a todos los hermanos.

4. Nadie mejor que nuestra Madre de las Lajas conoce las plegarias que pastores y fieles le han presentado a lo largo de los 54 años de historia de esta Iglesia particular, especialmente aquellas que han buscado su amparo maternal para ser acertados y eficaces en nuestro quehacer pastoral; a Ella se ha encomendado el trabajo de cada una de las etapas del Plan, al presente esta tercera etapa llamada de “Madurez y Compromiso Eclesial” y en modo particular esta fase con la que se ha buscado crecer en la comprensión de nuestra identidad de ser “Iglesia, Cuerpo de Cristo”, es decir, que somos parte integrante de la misma, actores decisivos, trabajadores infatigables en la “Viña del Señor”.

5. Esta fase que debemos seguir construyendo laboriosamente nos indica que Jesús, al quedarse entre nosotros en el Misterio de la Eucaristía y hacernos partícipes de su Cuerpo Místico, también nos llama indeclinablemente a construir esta Iglesia de comunión, participación y misión, como su cuerpo , ese que va por las calles, ese que trabaja en el campo, ese que vive en cada hogar, ese que se reúne en las tan variadas organizaciones sociales que existen en nuestro campos y ciudades, ese que va a la escuela o al colegio o la universidad, ese cuerpo que se hace don en las iniciativas de solidaridad presentes de tantos modos en nuestro tiempo; cuerpo de Cristo, que se vive y comparte en el campo deportivo, que sale a caminar por las calles, que acude al supermercado o a la oficina de la administración municipal, que no teme reunirse para una minga, que abraza la tierra y la perfecciona, que alza la voz en defensa de los pobres, que reclama mayor respeto por la naturaleza, que invita a los dirigentes políticos a pensar con verdadero sentido social. Ese cuerpo que forman niños, jóvenes, adultos, ancianos; hombres y. mujeres, santos y pecadores, apasionados cristianos católicos y aún aquellos que sienten algo de vergüenza en manifestarse ante la sociedad como verdaderos católicos; ese cuerpo que vibra en las asociaciones o movimientos presentes en esta porción eclesial de Ipiales, que es potencial precioso en los consejos de pastoral parroquial, en los consejos económicos parroquiales, en los equipos parroquiales de animación pastoral, en los equipos de animación sectorial, en los grupos de familia, en las asociaciones o movimientos eclesiales que enriquecen el rostro de esta Iglesia querida y amada por el Señor. Cuerpo que se ha enriquecido con el testimonio de Obispos y sacerdotes, que como pastores solícitos de la grey del Señor, no han ahorrado esfuerzo alguno por entregar todas sus capacidades, toda su vida en una siembra cotidiana para que el Evangelio esté presente en la vida de nuestras gentes. Esta “Iglesia, Cuerpo de Cristo”, se ha visto fortalecida y acompañada por el testimonio de unos religiosos y religiosas que reflejan en su existencia estar profundamente enamorados del Señor. Una Iglesia que, si bien, no ha carecido de vocaciones, debe hoy sentir el llamado de la Madre del Cielo, para que ore mucho más pidiendo una renovada primavera vocacional en nuestros jóvenes y nuestras jóvenes.

6.Los meses transcurridos entre ustedes, desde el pasado 14 de abril, cuando por primera vez abracé y me sentí abrazado por esta mi familia diocesana en el Pedregal y luego en Ipiales, me ha permitido ir de poblado en poblado, visitando muchas veredas y encontrando preciosas y alentadoras realidades de vivir como Iglesia.

7. Particularmente, mirando al evangelio que acabamos de escuchar, en el que se habla que Dios envió un Ángel a una jovencita en Nazaret para convocarla a una misión de carácter universal, de efectos saludables para todos los hombres creados por Dios. ¡Una jovencita! Que bien nos hace pensar en ello hoy en nuestra fiesta, cuando honramos a esta Madre de nuestros jóvenes, una jovencita es tenida en cuenta por Dios para un proyecto que escapa a nuestra comprensión. Las visitas pastorales y algunas otras ocasiones me han puesto a contacto con los jóvenes y las jóvenes de esta tierra nariñense, en sus ojos tienen todavía encendida la luz de la esperanza, aquella que lamentablemente se ha extinguido en muchos corazones; en sus rostros he visto dibujados sueños y el ímpetu aún contenido por gastarse en la transformación de nuestra sociedad; en sus manos, muchas de las cuales me han abrazado o saludado, he sentido un reclamo a esta Iglesia de la que ellos hacen parte y que no siempre les ha abierto las puertas, una Iglesia que los considera todavía inmaduros y por consiguiente no sabe fiarse y darles oportunidades para ayudarla a crecer, una Iglesia que teme abrirles los espacios de las casas curales, de los salones parroquiales, de las mismas estructuras, no para sentarse y escuchar a los mayores, sino para hablarnos, como lo ha pedido el Papa, para hablarnos, porque también ellos tienen en su corazón a Dios, tienen su Espíritu, tienen amor por la Iglesia y quieren ser oídos, para aportar como la joven María a esta obra que acontece y se realiza por decisión divina como historia de salvación. Pido perdón a todos nuestros jóvenes, que no sienten cercana a la Iglesia, que se sienten abandonados por ella y dejados a su suerte; pido perdón por aquellos que en vez de trabajar en su favor, solo se dedican a criticar y señalar sus errores. Pido perdón a todos los jóvenes que han enfriado su fe y se han alejado de Jesús, a causa de los escándalos y antitestimonios de vida de sacerdotes o fieles en esta Iglesia. Hoy siento un llamado renovado del Espíritu, a pedir a cada comunidad y a cada sacerdote de esta diócesis a involucrar más a los jóvenes en todas las estructuras de decisión de esta Iglesia diocesana de Ipiales, no pueden ser simples espectadores, deben ser valientes constructores del “Cuerpo de Cristo” en el hoy de nuestra historia.

8. Queridos hijos e hijas aquí presentes, aquellos que nos siguen por los medios de comunicación, miren a esos jóvenes que ahora está a su lado, mírenlos cuando hoy lo encuentren al salir de este Santuario y tomemos conciencia que ellos como aquella tierna doncella de Nazaret, la joven María, están llamados por Dios a cooperar en la construcción del Reino. No se trata de concederles algo de nuestra parte, es un derecho ganado por ser todos ellos hijos amados por Dios. Escuchemos lo que el Papa Francisco les escribió a los jóvenes, que es palabra también para toda la Iglesia: “Un mundo mejor se construye también gracias a ustedes, que siempre desean cambiar y ser generosos. No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces, no pierdan tiempo cuando la conciencia les pida arriesgar para seguir al Maestro. También la Iglesia desea ponerse a la escucha de la voz, de la sensibilidad, de la fe de cada uno; así como también de las dudas y de las críticas. Hagan sentir a todos el grito de ustedes, déjenlo resonar en las comunidades y háganlo llegar a los pastores. San Benito recomendada a los abades consultar también a los jóvenes antes de cada decisión importante, porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor»” (Papa Francisco, Carta a los Jóvenes del 17 de enero de 2017).

9. El Evangelio de este día nos lo ha dejado clarísimo, lo mejor Dios lo confió a una jovencita en esta historia de salvación, a María a la que hoy honramos en esta Fiesta Patronal. Cómo pues no entender que en esta hora de la Iglesia, cuando se avecina el Sínodo de los Jóvenes, es urgente un cambio de actitud de nuestra parte frente a ellos. Cómo no entender que hay que mirar al joven no como un problema, a pesar de sus equivocaciones -también nosotros las tenemos-, sino que es necesario invitarlo a construir todo espacio de nuestra sociedad, pienso en el de la familia o en las parroquias, por citar solo algunos. Dice el evangelio que María fue cubierta del Espíritu, también nuestros jóvenes gozan de este don, por eso con ellos seguramente podremos hacer más concreta y real esa Iglesia de la que habla hoy el Apóstol Santiago, comunidad fundada en la fe en Jesucristo el Señor y con un testimonio arrollador de obras que cierran el paso a las críticas de una religión desencarnada y fría ante el dolor humano: “muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe”. Aquí es cuando en verdad la fe se comunica por atracción y no por simple adoctrinamiento. Estas son las comunidades parroquiales que esta Iglesia de Ipiales esta llamada a construir.

10. Tierna y bella Madre del Rosario de las Lajas, en tus manos dejó esta Iglesia de lpiales en esta hora de su caminar, acércanos a tu corazón para calentarnos en el fuego de Jesús y para aprender la obediencia al Evangelio que brilló en tu vida. Tu que también fuiste joven, como en aquel momento en que te visitó el Ángel Gabriel, mira con cariño y celo maternal a nuestras juventudes, danos a nosotros capacidad para valorarlos, para caminar con ellos, para aprender a escuchar los clamores de sus corazones jóvenes, para sentir con ellos rabia ante todo atropello que destruye al hombre y a la naturaleza. Madre de las gracias, da a esta Iglesia capacidad para acompañar la formación de nuestros jóvenes, para hacerlos enamorar más de Jesucristo, para construir iniciativas que defiendan y salvaguarden el tesoro de nuestras jóvenes generaciones ante los peligros de quienes los usan, los instrumentalizan, los oprimen y esclavizan. Madre del cálido abrazo, toma en tus brazos a nuestros jóvenes y danos fuerza como Iglesia para amarlos con pasión y servirlos con alegría. Amén

 

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